El peligro de la autocomplacencia ante la contaminación lumínica

Por Máximo Bustamante Calabria.

Hace 25 años que salgo a observar el cielo nocturno, ya sea a simple vista, con un modesto telescopio Newton de 114 mm o -hace menos tiempo- con la práctica de la astrofotografía. Hasta hace no muchos años iba a un lugar a unos 6 kilómetros de mi pueblo hacia la Sierra, lo que era suficiente para gozar de unas buenas condiciones (salvo en dirección a Beas de Segura por su cercanía). Recuerdo una Vía Láctea espléndida hacia el Sur y distinguir sin problemas la galaxia de Andrómeda a simple vista y multitud de objetos de cielo profundo a través del pequeño telescopio sin necesidad de buscarlos a su paso por las regiones cenitales.

Foto 1. Fotografía realizada en 2013 desde mi lugar antiguo de observación, a unos 6 kilómetros de Beas de Segura. El pueblo queda oculto tras el cerro, y las luces deslumbrantes que se ven son de una pista deportiva y un polígono industrial. El pueblo al fondo es Chiclana de Segura. Ahora la situación es todavía peor. Según el mapa de contaminación lumínica de la Junta de Andalucía, este lugar tendría un cielo “muy bueno”.

Hoy en ese mismo lugar la luz artificial sube desde casi todas las direcciones cardinales. Beas ilumina toda la zona norte-noroeste hasta casi el cenit; hacia el sur-suroeste el resplandor procedente de Villanueva, Villacarrillo, Úbeda, etc., hace difícil distinguir la región central de la Vía Láctea cuando comienza a declinar en agosto; observar por el telescopio las galaxias del Cúmulo de Virgo cuando pasan el meridiano hacia el oeste es difícil; incluso al noreste se nota la influencia de otros pueblos de la Sierra de Segura. No tengo mediciones desde entonces, pero puedo afirmar sin lugar a dudas que en este punto el porcentaje de cielo afectado de modo importante por la contaminación lumínica ha pasado de un 20-25% en esos años a más de un 70% ahora. Evidentemente ya no realizo observaciones allí. Ahora mis ubicaciones favoritas se encuentran a más de 60 km Sierra adentro, en Santiago-Pontones, en una de las pocas islas de oscuridad aceptable que quedan en la Península Ibérica. El cielo del que ahora puedo disfrutar a 6 kilómetros de Santiago de la Espada es desde luego mejor que el que disfrutaba hace 25 años cerca de Beas, aunque no había una diferencia abismal. Ahora sería como comparar un vino de cartón con un gran reserva.

Foto 2. Alumbrado ornamental que instalaron también en 2013 en una calle de Beas de Segura en la que ni hay comercios, ni monumentos, ni fachadas destacadas; por no haber ni hay apenas vecinos. La obra fue financiada por la Diputación Provincial de Jaén. Focos como estos han instalado más de un centenar en el pueblo, muchos se apagan a las doce o las una de la madrugada, y otros permanecen encendidos toda la noche. Mis quejas al amparo de la antigua normativa sirvieron de poco.

Foto 3. Lo mismo ocurrió con lo que recoge la foto 3, un cartel de un centro de conservación de carreteras situado junto a la carretera de entrada a Beas de Segura, que depende de la misma Junta de Andalucía que desarrolló la normativa. Las fotos 2 y 3 son ejemplos de la inutilidad de la antigua normativa, pues todas las vulneraciones las documenté y comuniqué a la Consejería de Medio Ambiente, y que yo sepa lo único que hicieron fue enviar un escrito al ayuntamiento informándoles de que estaban vulnerándola y ya está. Todo sigue igual o peor, pues han instalado más focos y sustituido muchas lámparas de vapor de sodio por led fríos.

Pues bien, según la clasificación que acaba de publicar la Junta de Andalucía (con vistas a la nueva normativa sobre contaminación lumínica) los dos cielos (el situado a 6 km de Beas y el ubicado en las cercanías del Almorchón) son “muy buenos”, pues considera que un brillo del cielo en el cenit de entre 21,1 y 21,4 magnitudes por segundo de arco al cuadrado merece esa clasificación. Así, según este criterio, cerca de la mitad del territorio de Andalucía tiene un cielo nocturno de una calidad “muy buena” o “excelente”. Y con esta conclusión ya podemos esperar que la futura normativa va estar más orientada a mantener nuestras supuestas excelentes condiciones que a mejorarlas, cuando la realidad que apreciamos más de un astrónomo amateur y más de una asociación en bien diferente. Y algo tendremos que decir los que llevamos décadas observando el cielo estrellado y teniendo que viajar cada vez más lejos a pesar de tener esos “excelentes” cielos. ¿Acaso es que somos de un paladar muy exigente? No. Simplemente clasificar de muy buenos o excelentes la mitad de los cielos de Andalucía es de una autocomplacencia muy osada, como si acaso hubiera servido de algo la derogada normativa anterior.

Mapa de calidad del cielo de la REDIAM (CMAOT, Junta de Andalucía)

Desconozco la metodología usada para obtener ese mapa de calidad del cielo nocturno, por lo que no puedo entrar a discutirla en profundidad, pero desde luego sí me parece muy cuestionable la interpretación de los resultados. Parece que una parte importante del trabajo (por la explicación que ofrecen en el portal de la REDIAM) es la obtención de medidas del brillo del cielo en la región que hay sobre nuestras cabezas con dispositivos diseñados a tal efecto. Es una forma de tener una idea de su calidad, pero muy incompleta, pues si de verdad queremos saber el grado de afección del lugar no podemos obviar el resto de la bóveda celeste, en especial los primeros grados sobre el horizonte. Es decir, que en lugar de fijarnos en el mejor valor (el obtenido en la región cenital) deberíamos fijarnos más en el peor valor, pues será este el que más afecte a los seres vivos y a la definición del paisaje nocturno como tal. Porque no nos olvidemos que estamos tratando con un problema que afecta a los insectos, a las aves y en general a todos los ecosistemas al alterar las condiciones naturales de oscuridad de la noche. Las aves migratorias, nocturnas o los insectos se verán muy afectados y desorientados por ese resplandor proveniente de determinada ciudad que se ve sobre el horizonte. Así, aunque tengamos en la vertical una medida excepcional eso no quiere decir que se esté libre de la contaminación lumínica, y por eso es muy discutible hacer una clasificación basándose únicamente en medidas tomadas en el cenit y en noches despejadas, cuando en las noches nubladas es cuando más se manifiesta el efecto de la contaminación lumínica.

Pero en cualquier caso, y con estos resultados sobre la mesa, ¿en qué criterios se basa la escala de calidad? ¿En qué valores se traza la línea divisoria entre un buen cielo nocturno y otro no tan bueno? Aquí existe una carga muy importante de subjetividad que puede acabar condicionada tanto por las conclusiones que a priori se quieran mostrar como por la percepción de las personas que las establecen. Pero una cosa está clara: si somos autocomplacientes a la hora de definir la situación actual menos posibilidades habrá de mejorar, pues ¿para qué invertir esfuerzos en algo que se supone que ya es bueno?

En una conferencia celebrada el verano pasado en Santiago de la Espada, Salvador Bará habló del “síndrome de la referencia cambiante”. Básicamente se refiere a cambios graduales que se extienden por más de una generación, de modo que cada una asume como “normal” el estado de las cosas que conoce. Como ejemplo citó un concurso de pesca que se celebra todos los años en una ciudad estadounidense y expuso fotografías de los premiados separadas una década. Una cosa era muy llamativa: los ejemplares capturados eran cada vez peores, menos variados y de menor tamaño. Pero lo que no cambiaba en ningún caso era la expresión feliz y de satisfacción de los ganadores. La conclusión está clara: aunque la situación de los bancos de pesca hubiera empeorado notablemente de setenta años a esta parte, no existe clara conciencia de ello si no se ha vivido una situación diferente. Pues exactamente lo mismo ocurre con la oscuridad del cielo nocturno. Desde hace décadas, hemos perdido la referencia de lo que supone un cielo libre de contaminación lumínica, que debería ser la única referencia válida. Lo preocupante de esto es que al asumirse como normales situaciones cada vez sensiblemente peores, el desenlace inevitable es la pérdida total si no se actúa a tiempo por no tomar conciencia de ese progresivo deterioro. Y ahí es donde deberían actuar las administraciones, pues disponen de datos suficientes (o deberían disponer) para detectar estos procesos, alertar de ellos y tomar medidas para frenarlos y revertir la situación cuando sea posible. En casi todos los casos de deterioro por contaminación se puede volver a la situación original en un periodo de tiempo dependiente del agente contaminante y la capacidad de recuperación de los ecosistemas, y en el caso de la contaminación lumínica el retorno a una situación mejor es tan rápida como lo que se tarde en adaptar el alumbrado nocturno. Así que depende básicamente de la voluntad de hacerlo.

Un modo rápido de cambiar la situación es mediante el desarrollo y aplicación de una legislación eficaz y de las herramientas para garantizar su cumplimiento, lo que no es incompatible con la labor de concienciación que están haciendo desde décadas atrás las asociaciones y las instituciones científicas. Pero hay que admitir que en los temas medioambientales la concienciación (que es imprescindible) funciona más bien a largo plazo, y tal y como ha sido llevada a cabo principalmente, llega mayoritariamente a personas ya sensibilizadas o a las potencialmente receptivas a la sensibilización. Mientras que hay situaciones que -por el ritmo y grado de deterioro ambiental que suponen- requieren medidas urgentes a través del desarrollo normativo que corresponde a los poderes públicos. Y si estas normativas nacen llenas de ambigüedades, son poco claras, recogen más recomendaciones que disposiciones o dejan muchos cabos sueltos sujetos a desarrollos posteriores, o están plagadas de excepciones, al final se quedan en simples parches cosméticos. Y salvo alguna excepción eso es lo que ha ocurrido con la mayoría de normas u ordenanzas de protección del cielo nocturno. Por desgracia la anterior normativa andaluza no ha escapado a esta tendencia, pues sólo hay que ver que la situación no sólo no ha mejorado, sino que ha ido a peor, tras unos seis años en vigor. Era de esperar, al no establecerse objetivos a conseguir ni medios para llevarlos a cabo.

Al menos así lo he vivido en mi zona y creo que muchos compañeros coincidirán conmigo. Por eso cuando por un defecto en el trámite (a instancias de la Federación Andaluza de Municipios y Provincias, que llevó la norma a los tribunales) se derogó el Decreto 357/2010 de 3 de agosto, y se planteó la necesidad de desarrollar otra norma, dentro del colectivo astronómico cundió la ilusión por la perspectiva de que supusiera una mejora respecto a la anterior. De esta futura normativa sólo conocemos que tampoco ha establecido objetivos y que se basará en una clasificación que, por lo expuesto hasta ahora, considero demasiado optimista y que parece la antesala de un acuerdo de mínimos con la FAMP.

Por otro lado, en ciertos ámbitos relacionados con la preservación del cielo nocturno y la astronomía, se está escuchando desde hace relativamente poco tiempo el mantra de la “puesta en valor del recurso” como una forma de convencer de su necesidad. No es nuevo. Si los gurús de la economía neoliberal llevan tiempo intentando “poner en valor” (que equivale a encorsetar en términos monetarios) hasta a las personas y sus capacidades, cómo no iban a hacerlo con la Naturaleza. Pero mezclar los argumentos económicos con los medioambientales es peligroso, pues podría dar lugar a pensar que el cielo nocturno no vale nada por sí mismo, y sólo fuera deseable su protección si se puede traducir en una valoración económica. ¿Sería menos valioso el Museo del Prado si pasaran por caja menos visitantes? A nadie se le ocurriría valorar un bien cultural o artístico según el beneficio económico que genere (que si lo hay bienvenido sea) pues su valor seguirá siendo igual de incalculable si no es explotable económicamente. Del mismo modo que un bosque no “vale” la madera que produce ni lo que pagarían los senderistas por recorrerlo. El cielo estrellado merece ser preservado porque estamos vinculados a él igual que lo estamos a la Naturaleza de la que formamos parte. Y porque es bello. ¿Acaso hacen falta más argumentos que la belleza para justificar la conservación de un bosque, de una iglesia románica o de la posibilidad de observar el firmamento? ¿Desde cuándo estamos tan abducidos por el capitalismo decadente y la mercantilización de la vida para no ser capaces de reivindicar el derecho a emocionarnos por la belleza de un paisaje? Hemos llegado al punto en el que parece que si no hay un enfoque mercantilista nada tiene valor. Y en este error se está cayendo también con el cielo nocturno por parte de algunos en los sectores del astroturismo y las certificaciones.

La actividad turística vinculada a la observación del cielo nocturno apenas acaba de echar a andar en Andalucía. Sin duda es muy interesante en zonas que aún conservan un cielo relativamente oscuro, pues puede suponer un aliciente más para visitarlas y un acicate para que más gente preste atención a la necesidad de conservar un elemento tan importante de nuestro patrimonio natural. Por eso puede ser muy beneficiosa la labor de concienciación y divulgación que pueden realizar las empresas de astroturismo entre el público que no tiene contacto habitual con la Astronomía. Lo primero que tendrían que mostrar a su público es que el hecho de tener que viajar a más de 100 kilómetros de una capital para gozar de un cielo cuajado de estrellas no debería ser “lo normal”, y que todos deberíamos tener la posibilidad de disfrutar de esta experiencia de la Naturaleza cerca de nuestras ciudades o pueblos. Y lo más importante: que esto sería posible con la voluntad de nuestros representantes políticos, pues la iluminación nocturna de pueblos y ciudades se puede hacer de modo que no deje escapar luz fuera del lugar que se debe iluminar. Mientras que no exista una demanda ciudadana perceptible los responsables seguirán obviando este asunto, más si no hay una normativa clara y exigente y mecanismos y compromiso para hacerla cumplir. Por eso las actitudes autocomplacientes pueden ser muy perniciosas, pues si ponemos el listón tan bajo como para considerar “muy bueno” un cielo como el que describo al inicio de este artículo estamos normalizando una situación que dista de ser la deseable.

Pongamos como ejemplo una empresa que ofrece observaciones privadas en un Parque Natural, argumentando que “debido a la escasa densidad de población y a la naturaleza salvaje que lo rodea todo, la contaminación lumínica apenas existe en este paraje, brindando la posibilidad de disfrutar del espectáculo de la Vía Láctea, planetas y objetos del cielo profundo como nebulosas o galaxias.” Vale. Y aunque la afirmación de que apenas existe la contaminación lumínica en este paraje es muy discutible, es cierto que dentro de este espacio natural se encuentra uno de los mejores cielos de Andalucía. Pero me sorprendí cuando comprobé que el lugar preciso donde se realiza la actividad se encuentra a muy pocos kilómetros del núcleo más importante de la zona, en un lugar donde la calidad del cielo posiblemente será tirando a mala, aunque al que venga de una capital le parezca sublime. Y esto equivale a vender un aceite lampante como si fuera un virgen extra de recolección temprana, del mismo modo que decir que hay sitios en Andalucía donde no existe la contaminación lumínica es desgraciadamente mentira. No es incompatible hacer un buen “marketing” de un producto con ser fiel a la realidad, y dar preponderancia a lo primero a costa de la verdad no se puede considerar precisamente una buena práctica empresarial. No pasa nada por decir: “este no es un buen cielo; si queremos un buen cielo de verdad tendremos que adentrarnos 60 kilómetros en la Sierra, y esto sucede porque no se están haciendo las cosas bien en las ciudades. Y aún así, ese cielo hoy muy bueno puede perderse si seguimos haciendo las cosas mal.” Así se crea conciencia. Pero poco vamos a mejorar la situación si ahora cualquier lugar quiere promocionarse como “el mejor cielo”, cuando realmente está lejos de serlo. Y flaco favor se está haciendo a los lugares que realmente lo son y que se están esforzando en preservarlo. Volviendo a la analogía del aceite de oliva: no todo nuestro aceite es magnífico por el sólo hecho de producirse en Andalucía; es más, una buena parte del que sale de nuestras cooperativas sigue siendo mediocre. Pero reconocerlo no es ser pesimistas ni excesivamente críticos, es un paso imprescindible para mejorar. Etiquetar como virgen extra un aceite refinado es, aparte de un fraude, un grave perjuicio para los que de verdad se esfuerzan en obtener calidad. Y si esto se permitiera o la administración pusiera un listón muy bajo para esta denominación lo único que se conseguiría es desmotivar a los que trabajan por la mejora de la calidad.

Como ya he dicho, si la futura legislación sobre protección del cielo nocturno se basa en una clasificación con listones tan bajos es previsible que no destaque por su ambición, sino más bien se quede en un acuerdo de mínimos. Así no sería de extrañar en el futuro asistir a la certificación de media Andalucía con una figura equivalente a las reservas o destinos turísticos Starlight por alguna entidad que tomará como base la clasificación en calidades del cielo nocturno realizada por la Junta de Andalucía. Si esto no va precedido de unos claros compromisos ineludibles de mejora del alumbrado público de las ciudades para eliminar la emisión directa o dispersión de luz fuera de ellas, va a suponer al final un premio a las malas prácticas, y puede que ni siquiera logre que la situación no empeore. Mientras tanto las zonas (contadas con los dedos de una mano) que verdaderamente tienen un cielo nocturno muy bueno, y que ya han iniciado medidas para su protección, no se sentirán muy motivadas cuando se vean puestas al mismo nivel que otro lugar con una calidad bastante peor. Algo no se mejora poniéndole una etiqueta, sino trabajando para que llegue a unos niveles de calidad que lo haga verdaderamente merecedor de esa certificación. Lo triste sería asistir al mercadeo de estudios técnicos y certificaciones que acaban abarcando sitios que no la merecen en perjuicio de los lugares que deberían servir de referencia y ejemplo de buenas prácticas. Esa es la triste realidad por ejemplo en el mundo de las certificaciones “ecológicas”.

En una ocasión me vinieron a decir que con actitudes tan críticas (o algunos dirían radicales) es difícil “vender la moto”, que funciona mejor un argumentario más “light” -sobre todo si va cubierto con el barniz de la eficiencia y el ahorro- para llegar a convencer a los responsables políticos. No estoy de acuerdo. Así llevamos décadas sin apenas avanzar, ni en la disminución de la contaminación lumínica ni en otros aspectos medioambientales. Desde 1992, cuando se celebró la Cumbre de Río, se consolidó el concepto de “desarrollo sostenible” como una especie de Bálsamo de Fierabrás capaz de reconciliar cosas tan distantes como la Ecología y la Economía, agrupando en flagrante oxímoron algo tan opuesto como el crecimiento continuado del PIB y la sostenibilidad. Los resultados ya los vemos. Desde entonces la situación medioambiental no sólo no ha mejorado, sin cumplirse los acuerdos mínimos, sino que ha empeorado sobrepasando los escenarios más pesimistas. Para eso ha servido la edulcoración con el epíteto “sostenible” de todo lo imaginable, incluso la minería a cielo abierto. Así que a estas alturas no queda otro remedio que ser radicales al tratar todo lo que tenga que ver con la Vida y la conservación de la Naturaleza. Y la problemática de la contaminación lumínica o se afronta desde la raíz (eso es lo que significa ser radical) o es una batalla perdida. Lo triste sería que desde la misma comunidad astronómica haya empresas o entidades que renuncien a ello. A estas alturas no nos podemos permitir ser autocomplacientes.

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Semana de la Ciencia en Andalucía 2018

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PRIMERA PARTE: Aventuras en el Veleta tomando medidas de contaminación lumínica.

© Juanjo Segovia. 14/08/2018.

Componentes del equipo de investigación en el vértice geodésico del Veleta.
Al fondo, el Mulhacén.

Eran las 4 de la tarde, del día 9 de agosto del año 2018. Pocas horas antes era inviable realizar el estudio de contaminación lumínica en el Veleta, (Sierra Nevada – Granada). Por causa de la ola de calor de días anteriores y de las malas condiciones de la turbulencia atmosférica, además hacían imposible la realización de fotografía planetaria.

Sin embargo, los pronósticos climáticos cambiaron repentinamente. Jesús Navas me comunicó en esa misma mañana que el tiempo indicaba que sería el mejor de todos los próximos días, además había que contar con la posición de la Luna que, de dejarlo para futuros días, su presencia dificultaría la toma de datos.

La maquinaria administrativa se precipitó rápidamente: emails y llamadas de teléfonos para reactivar los permisos burocráticos pertinentes, que desencadenarían la posibilidad de subir en coche para el transporte del material, desde la carretera de la Hoya de la Mora hacia la Carihuela del Veleta, gracias a un permiso especial por motivos de investigación. Al mediodía recibimos la confirmación de la autorización.

Jesús Navas en la barrera de la Hoya de la Mora.
Al fondo, antiguo observatorio astronómico abandonado y Veleta.

Eran las 16:00 horas del día 9, el GPS del coche marcaba la llegada al destino de la Hoya de la Mora a 2500 metros de altura para las 18:02 horas. El barrerista del lugar se marchaba a esa misma hora. Todavía estábamos al inicio del viaje y quedaban 169 kms, y aún teníamos que repostar. Un viaje inquieto por la falta de tiempo. Finalmente, pudimos cumplir con el horario y el barrerista autorizó la entrada.

Conforme subíamos con el coche, nuestro ánimo se acrecentaba, eufórico por la belleza del lugar. Un terreno mágico, con vistas impresionantes. Claros, sombras y contrastes que marcaban las crestas de las montañas. Marrones y oscuridades negras fusionándose en armonía de divergencias con un lechoso blanco inmaculado de grandes trazas nevadas, que aún en pleno verano se dejaban ver con formas singulares y alargadas,

Franja de nieve y senderistas en el horizonte.

Digitalis purpurea.

por donde en la lejanía se observaban algunos senderistas, plantas y flores endémicas, que cuando pasamos junto al abandonado observatorio astronómico de la Universidad de Granada, llamó la atención de Jesús, una bella Digitalis purpurea; llamada así por la forma de dedo o dedal, que por cierto, a pesar de ser venenosa, tiene propiedades medicinales y es empleada para combatir arritmias y deficiencias cardíacas, y la fauna típica del lugar, curiosas cabras monteses que observaban nuestro inusual paso.

¡Qué más podíamos pedir! Llegamos al mismísimo vértice del Veleta a las 20:12 horas sin apenas esfuerzo, sin embargo, el poco tramo que tuvimos que andar, hacía notar los estragos del mal de altura, pero no le di mucha importancia, ya que con andar más despacio parecía mitigar sus efectos.

Puesta de Sol desde el Veleta.
Radiotelescopio en la parte inferior derecha.

¡Qué maravilla a estos 3396 metros de altura! Nos sentimos afortunados de poder contemplar ese cielo azul, como hace mucho tiempo que no recordaba, si es que lo recordaba; con una gran variedad de matices y degradados de azules y blancos, una puesta de Sol que parecía observada a vista de pájaro o desde un avión. Pareciera que nosotros estuviéramos a la misma altura del astro rey, y aún podíamos contemplar el cielo bajo nuestros pies.

En cuanto a las vistas terrestres, hacia el sur y a nuestros pies se observaba el Refugio de Poqueira al pie del Mulhacén; del que gratos recuerdos me traen. Alzando la vista, lejano en el horizonte, la parte de invernaderos de Almería, un poco más hacia la derecha los pueblos de La Apujarra granadina: Bubión, Capileira y Pampaneira.

Pueblos de La Alpujarra vistos desde el Veleta.

Hacia el noroeste la zona de la costa de Málaga, llamando la atención el Pico del Lucero y la Maroma en la sierra de Tejeda – Almijara, a los cuales había que mirarlos de forma extraña, pues en lugar de mirar hacia arriba, teníamos que bajar la cabeza debido a la gran altura a la que nos encontrábamos. Por último, hacia el este o sureste se observaba una gran tormenta con rayos y relámpagos de preciosos colores anaranjados, donde se apreciaba claramente cómo la luz descendía del cielo y posteriormente se reflejaba en la tierra. Al principio creíamos que era la sierra de Cazorla, pero al día siguiente Jesús me notificó que se trataba de la zona de Murcia.

Ni que decir, de la grandiosidad de los otros picos más emblemáticos de Sierra Nevada, como el Mulhacén, el Alcazaba, el Cerro de los Machos, o el Pico del Caballo; donde mi imaginación se desbordaba y me hacía recordar lugares cercanos, como la Laguna de la Mosca, o el Refugio de la Caldera con su laguna, a los pies del mismo Mulhacén.

¡Ohh, qué esplendor el del Mons Solaris! Como lo llamaron los romanos, o Yabal Sulayr como así nombraron los árabes del siglo X a Sierra Nevada, montaña del Sol; debido a que éste brillaba en las perpetuas nieves, reflejando la luz dorada de sus cumbres hasta media hora después de haberse puesto en Granada, siendo a partir del siglo XVIII, cuando se le bautiza con el nombre que conocemos hoy día: Sierra Nevada.

Una temperatura agradable, y sin viento. Jesús de vez en cuando me decía tras mirar a Venus con los prismáticos: “Oh Juanjo…”. Yo ya sabía lo que quería decir, las condiciones de la turbulencia atmosférica eran muy buenas. Todo perfecto para haber podido realizar fotografía planetaria; sin embargo, la falta de tiempo, hizo que no se pudiera desplazar el telescopio en esta ocasión, pues además no estaba en mi posesión. Sin embargo, fue mejor así, pues no hubiera dado tiempo a realizar los dos trabajos simultáneamente.

Pronto empezó a destacar en el cielo desde el oeste al este: Venus, Júpiter, Saturno y Marte, todos ellos se podían contemplar al mismo tiempo en la franja del cielo. Estuvimos enseñándoselo a un montañero solitario llamado Pepe que venía de Madrid, el cual, fue el único que se quedó a dormir esta noche a pocos metros de nosotros. Se puede observar a este montañero en la fotografía panorámica junto a la derecha de la caseta de piedra del Veleta, (foto mostrada en la segunda parte). Si bien, también subieron dos ciclistas desde la Hoya de la Mora, pero pronto regresaron. Pepe llegó al Veleta ese día, poco después de nuestra llegada, desde el Pico del Caballo, y tras dormir aquí, tenía previsto continuar al día siguiente hasta el Mulhacén. Este hombre a pesar de ser de Madrid, tenía un conocimiento exhaustivo de la zona y fue quien nos mostró el Pico del Lucero y la Maroma, lo que le agradezco desde aquí. Lástima que no le pueda remitir este escrito, ojalá algún día lo lea en nuestra web.

Preparativos previos a las tomas fotográficas.

Todo perfecto, empezamos a realizar las primeras fotografías panorámicas a las 21:00 horas, aún de día para poder apreciar el paisaje. Sin embargo, la Sierra se guardaba una sorpresa.

Sólo 22 minutos después, cuando el Sol ya se encontraba ocultándose por el horizonte, la temperatura empezó a descender drásticamente. Reme que nos acompañaba, tuvo que tenderse en el aún cálido lecho rocoso para evitar el frío.

Poco tiempo después, nuestro trabajo despertó al Dios Eolo, y lo que era una noche agradable de verano, se convirtió en un infierno helado. El frío invadió nuestros huesos. El termómetro del coche, aunque marcaba 5 grados, Jesús me comentó que la sensación térmica prevista era de 2 grados bajo cero, yo diría que debido al viento la impresión del helor era mayor. Sin embargo, el termómetro del SQM marcaba 7° C.

Llegados este momento, acompañé a Reme al coche pues no soportaba las inclemencias del tiempo.

Conocedor de lo traicionera que puede resultar la sierra, iba bien equipado con ropa de abrigo: tres pantalones térmicos, seis capas en la parte del pecho, entre los que se incluían un plumón, un forro polar y un corta viento. Además, unas buenas botas con calcetines gordos térmicos, dos cuellos polares, uno a modo de gorro y guantes con dedos descubiertos para poder escribir. Ni siquiera con esta ropa logré vencer al frío.

El mal agudo de montaña, conocido coloquialmente como mal de altura, y con otros muchos términos como: mal de páramo, soroche, apunamiento, puna o babiao; comenzó sus efectos a mayor escala. Con tan sólo realizar algún esfuerzo la falta de respiración, por lo menos en mí, se hacía más que evidente. Sólo el hecho de cambiarme de calcetines o atar los cordones de las botas, se ralentizó más del doble o el triple de lo que hubiera sido en condiciones normales.

A las 23:07 horas terminamos de realizar todas las tomas fotográficas necesarias para posteriormente poder realizar los montajes panorámicos donde apreciar las campanas de luz que desprende los diferentes núcleos urbanos.

SQM-L (Sky Quality Meter)

Sin perder tiempo, a partir de aquí, a las 23:15 horas, Jesús empezó a tomar medidas de la contaminación lumínica con el SQM (Sky Quality Meter) y yo las iba escribiendo a mano en una pequeña libretilla donde Jesús previamente había confeccionado una tabla manuscrita para ello. Dicha tabla constaba de 6 columnas para los datos obtenidos a distintas alturas: 0°, 15°, 30°, 45°, 60°, y 75°. Luego había una única medida para los 90° del cénit. A su vez, para cada una de estas alturas, en la tabla existía una casilla para los valores horizontales a: 0°, 15°, 30°, 45°, 60°, 75°, 90°, 105°, 120°, 135°, 150°, 165°, 180°, 195°, 210°, 225°, 240°, 255°, 270°, 285°, 300°, 315°, 330°, y 345°. En fin, un total de 145 medidas. De las cuales, la medida más oscura se produjo a 60° de altura, marcando el SQM el valor de 21.44 en dos ocasiones: a 105° de azimut, y a 150°.

Libreta con tabla de medidas.

La verdad es que la libretilla era un poco pequeña, todavía me acuerdo de Jesús por lo reducido de la misma. Imaginad una tabla con 145 datos pendientes por rellenar en una hoja de apenas 14 cm x 9. Si sólo fuera eso, no pasa nada; pero a esto hay que añadir las condiciones en las que deben ser escritas: con frío, viento, sin luz, o mejor dicho con una linterna roja sobre la cabeza, y las secuelas de la falta de oxígeno, que dificultaba la respiración. Tal era el caso, que había momentos en que no controlaba dónde se encontraba el extremo del bolígrafo y el inicio del papel, costándome trabajo apoyar la punta del esferográfico sobre el documento. No recuerdo que nunca hubiera tardado tanto tiempo en escribir un número de cuatro cifras. Sin darme cuenta, con tal fuerza debí tomar el bolígrafo, que luego noté mi dedo índice insensible.

De vez en cuando, notaba como si mi cara y labios me picaran o dolieran. Al tocarlos notaba una sensación extraña que no puedo explicar, no sé si es que no los sentía o que su textura era como más densa.

Mi postura, sentado en el suelo, o más bien dicho, tirado sobre la roca, acurrucado intentando protegerme del viento y el frío, hizo que se me durmiera una pierna, que posteriormente cuando traté de incorporarme, lo tuve que hacer tendiéndome en el suelo cuidándome mucho de no salir rodando monte abajo. Esto me causó una risa desenfrenada ya que tardé algún tiempo en recuperar la movilidad de la pierna.

Por otro lado, a Jesús le escuchaba decir que tenía tanto frío que no tenía fuerzas para apretar el botón del SQM y poder tomar cada medida de la contaminación lumínica. Muchas veces le escuchaba frotar las manos sobre la ropa para entrar en calor, yo por mi parte, no tenía fuerza ni para levantar la cabeza y mirarle.

Ahora comprendo mejor por mi propia experiencia, qué deben sentir los montañeros profesionales en circunstancias extremas, en donde se pierde incluso la capacidad de razonar.

Así estuvimos desde las 23:15 horas hasta las 00:39 horas en la que terminamos de tomar y apuntar las mediciones. Cerca de 1 hora y 25 minutos soportando tales inclemencias, en donde Jesús se encontraba literalmente agarrado al vértice geodésico para no caer al abismo; lugar donde teníamos estacionado el trípode y los instrumentos de medición.

Jesús tuvo que terminar borracho o mareado de estar tanto tiempo anclado al punto de señalización geográfico, pues con tantas medidas, tuvo que dar al menos 6 vueltas al mismo, sin contar con las otras para realizar las fotos panorámicas. No creo que ninguna persona haya dado hasta ahora tantos giros a este pilar de hormigón.

En cuanto al trabajo en sí mismo de las mediciones, Jesús pudo comprobar que el SQM en ciertas ocasiones daba unos datos incoherentes, por lo que había que repetir varias veces las mismas medidas, comentándome que posiblemente fueran debido a que estaba marcando la presencia de la Vía Láctea.

Otra cosa que pude observar, es que los datos medidos por el SQM, no son fieles a la fotografía panorámica que se realizó cuando aún era de día, pues durante la toma de datos de medidas de contaminación, las condiciones atmosféricas cambiaron, de forma tal, que en algunas partes del horizonte se crearon unas nubes bajas densas y oscuras que tapaban en parte la campana de luz de las ciudades situadas en el arco que abarca los puntos cardinales sur, suroeste, oeste, y noroeste. Por ello, creo que las medidas del SQM son en realidad un poco más favorables y optimistas de las que deberían ser en el caso de que no hubieran existido esas nubes. Lamentablemente no se nos ocurrió volver a realizar una serie de tomas de fotografías para una nueva panorámica. ¡Gracias a Dios, porque de lo contrario, lo mismo no lo contamos!

Repetición de flats en Málaga.

¡Por fin llegó el momento de bajar del Veleta! El trabajo de campo estaba terminado, pero aún quedaba por realizar con la cámara réflex algunas tomas de flats para la posterior calibración de las fotografías, (los darks y bias ya se realizaron en la cima del Veleta), así que realizamos una parada en la Hoya de la Mora, para realizarlas, aunque la verdad, los resultados obtenidos no fueron los deseados debido a que se usó la pantalla del ordenador como fondo, y tuvieron que ser repetidos posteriormente en Málaga. Esta parada hizo que llegáramos a Málaga sobre las 05:00 horas.

Dos días después, Jesús Navas me confirma que la Universidad Complutense de Madrid, ya había recibido los datos que tomamos de la contaminación lumínica y había elaborado el mapa.

Tras revisar las ilustraciones mostradas hasta ahora en mi artículo, he podido comprobar que la sensación o sentimiento que transmiten dichas imágenes, no corresponde a la situación de dureza que experimentamos en realidad, tal como se expresa en este escrito. Esto es debido a que todas las fotografías mostradas fueron realizadas antes de caer la noche, y aún la temperatura no había bajado, y todavía estábamos contentos, sin cansancio, y con pocos efectos del mal de altura.

Por ello, quiero mostrar aquí dos fotografías algo más acorde con la realidad vivida, aunque sean imágenes de inferior calidad. De las dos imágenes siguientes, en la primera, se aprecia cómo estaba forrado hinchado de ropa, aunque he de decir, que estas dos fotografías son una recreación que se hicieron al final del trabajo, y la verdad es que tampoco muestra mi postura real de cuando estaba tomando notas. Yo no me encontraba tan bien sentadito como aparece en la fotografía, sino como dije antes, más bien tirado y acurrucado en la piedra resguardándome del frío. Tampoco es real las condiciones de luminosidad que aparece en ésta primera foto, donde se aprecia mucha luz en primer plano para poder captar mi imagen.

Juanjo tomando notas de las medidas de contaminación lumínica en el vértice geodésico del Veleta.
Por encima se aprecia la constelación de Casiopea y la galaxia de Andrómeda.

Ésta segunda imagen, podríamos decir que es la más acorde con la realidad, pues muestra las condiciones reales de iluminación que teníamos, y además aparece Jesús manipulando el SQM sobre el pilar geodésico, del que en realidad nunca se separó.

Jesús y Juanjo trabajando en la toma de medidas de C.L. en el vértice geodésico del Veleta.
Foto realizada el día 10 de agosto de 2018 a las 00:57 horas.

Por último, a título personal, esta experiencia también sirvió para nuestro hijo Eduardo, que, con casi 6 años de edad, para que pudiera asistir Reme al evento, fue la primera vez en su vida que se quedó a dormir en casa de un familiar, venciendo a sus muchas negativas hasta este momento.

Por mi parte esto es todo. Espero que durante el rato de lectura hayáis disfrutado vivenciando con la imaginación y sintiendo esas energías del lugar, de la misma forma en que se siente al leer una novela o contemplar una película.

Sin más, os dejo con la segunda parte, la más técnica y científica relatada por Jesús Navas.

Juanjo Segovia

Málaga a 14 de agosto de 2018

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